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El lunfardo. ese chamuyo misterioso
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"Ese orre se chamuya todo", solía expresar con admiración Héctor Amendolara cuando oía un discurso convincente. Amendolara era un prototipo porteño de los años cincuenta al que todos conocían en Constitución como "el flaco Calígula". Como buen habitante de esta ciudad, era un creyente devoto de las palabras y de su poder de persuasión, sobre todo en el terreno de los entuertos amorosos. "No hay naifa que se resista a un verso bien debute", decía siempre.
Su vocabulario estaba constituido por una proporción abrumadora de giros lunfardos, por lo que conversar con Calígula era como estar oyendo un tango de Celedonio Flores o un poema de Carlos de la Púa.
Encontrar tipos así en el Buenos Aires de hoy es muy difícil. Miguel Ángel Lafuente, protesorero de la Academia del Lunfardo, explica que expresarse en la actualidad de ese modo resultaría muy artificial, como ya de algún modo lo resultaba en esa época. "Toda la aventura aleccionadora del idioma está en la calle", decía en 1972 Cesar Tiempo. Y la calle ha cambiado los materiales de uso e intercambio verbal. Los propios miembros de la Academia son un rotundo testimonio de ello, sus expresiones sólo de tanto en tanto alojan algún lunfardismo. Y se entiende: como miembros de la Academia, entidad fundada en 1962 con el propósito de estudiar las raíces del lunfardo y sus proyecciones en el habla actual, su interés por ese léxico no difiere demasiado del que profesa un entomólogo frente a un insecto curioso al que se lo explora con fines de conocimiento, ordenamiento y clasificación.
Ahora bien, ¿qué es el lunfardo?
El poeta Horacio Salas, en su libro El Tango, sostiene que es el lenguaje críptico que usaban los ladrones para despistar a la policía. Amaro Villanueva afirmaba al respecto que el término procedía del lombardo o natural de Lombardía, gentilicio con el que antiguamente se caracterizaba a los ladrones en Italia. En cambio, para José Gobello, presidente de la Academia mencionada, el lunfardo no fue en su origen un lenguaje secreto sino "el repertorio de términos que utilizaba el pueblo de Buenos Aires de entre los que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, trajo la inmigración. A los que incorporó a su propio lenguaje, con intención festiva, cambiándoles a veces la forma y el significado". Sea un idioma nacido "de la furca y la ganzúa", como decía Borges, o de los dialectos inmigratorios, lo cierto es que con el correr del tiempo se introdujo en el habla de los conventillos y después se hizo lenguaje usual en Buenos Aires.
"Si es cierto que la patria es el idioma y que existe una manera peculiar de hablar el castellano en esa remota zona del planeta, es pura justicia recordar que el lunfardo contribuyó a elaborar los rasgos verbales distintivos del habla popular de Buenos Aires", sostiene Horacio Salas. A esta difusión ayudaron de forma vigorosa los sainetes de Alberto Vacarezza, José González Castillo, Juan Francisco Palermo y otros autores. Y también el tango, que hizo de sus vocablos la argamasa de algunas piezas inolvidables. El lunfardo tuvo también sus poetas. Dos de los más importantes fueron Felipe Fernández (Yacaré), autor de los Versos rantifusos y el Malevo Muñoz, alias Carlos de la Púa, creador de la Crencha engrasada, la obra mayor que produjo este lenguaje.
Junto con la tarea de exploración etimológica de los vocablos lunfardos, la Academia realiza también otra función destacable: la de "honrar la memoria de aquellos artistas, escritores, músicos, plásticos, etc., que se inspiraron preferentemente en motivos populares y, en especial, la de aquellos cuya obra no haya trascendido suficientemente o no haya sido objeto de la debida valoración".
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