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El bandoneón

bandoneon piazzolla
Astor Piazzolla

El criollismo secular del bandoneón
Guerrero del Paraguay fue nuestro primer bandoneonista. Entre los soldados de Mitre que regresaban victoriosos de la guerra de la Triple Alianza, había un moreno de entre los tantos que acompañaban al general que se llamaba José Santa Cruz. Como otros combatientes rasos del ejército, había hecho la guerra "a la criolla": con música y canciones. Pero él no había pulsado una guitarra, eso hizo la mayoría, sino un instrumento de fuelle y teclado, una suerte de pariente de la concertina y el acordeón. El porteño moreno lo obtuvo en un trueque por ropas y vituallas hecho con un tripulante rubio de un carguero alemán amarrado al Riachuelo.

Se enroló en las tropas que iban al Paraguay y no se desprendió del fuelle armónico. Allí entretuvo a todos durante las treguas en las trincheras, tocando vidalitas y estilos. Cuando le preguntaron por el nombre del instrumento de 32 botones, Santa Cruz contestó: "mandonión", porque eso es lo que entendió de lo que le había dicho el marinero germano. Al pie de una de las botoneras había una chapita esclarecedora: Bandonions Band-Krefeld. Vale decir, el nombre del instrumento junto al apellido de su inventor, del cual derivaba, y el de la ciudad fabricante, de Alemania.

Un gringo arrincona a otro gringo

Este entendimiento hizo que fuera dejado de lado el acordeón, por ser "gringo", y se ejecutara sin dudar al nuevo "gringo", que al no tener demasiados antecedentes de origen pero sí una sonoridad apropiada y desde entonces irremplazable para el baile de cortes y quebradas, pasó a ser nacionalizado en forma fácil y pronta.

El Pardo Sebastián Ramos Mejía, hijo de esclavos de la familia que les dio nombre legal al liberarlos, introdujo el instrumento neumático en la ejecución del tango. Era cochero de la Compañía Tranways Buenos Aires y Belgrano y, a toques milongueros de corneta para guiar la yunta de pingos que tiraba del vehículo y al compás de los rezongos que arrancaba de su fuelle en las treguas de la jornada, dio impulso a la transición de cadencias.Años después, Domingo Santa Cruz, hijo de aquel soldado moreno y también bandoneonista, animó con la protección de caudillos electorales los comités de la Unión Cívica. Fiel a sus padrinos creó el tango del nombre partidista, inspirándose en el giro melódico de los payadores que a su lado, junto al andarivel de la taba y el vaho tentador del horno de las empanadas, alzaban a la noche de estío el elogio cantado de candidatos expectables.

Estas primeras incursiones del bandoneón en el tango ya daban cuenta del encendido romance que vivirían a lo largo del siglo

El trajín andariego de los barrios

El bandoneón inicia su condición de imprescindible en la pulpa de la melodía porteña, haciendo el trajín andariego de los barrios, cada uno con su leyenda y cada uno con su puntillo de mostrar arquetipos. Antonio Chiappe le exprime, en tabernas de la Vuelta de Rocha, acentos roncos que ya nada tienen que ver con los de los claros liedchen en la cubierta del buque germano. Genaro Spósito reúne acólitos de los cafés-concierto de esa misma ribera boquense. Y Eduardo Arolas se gana el título de "tigre del bandoneón" cuando el Riachuelo dividía en dos puntos cardinales el gran barrio sureño. Arolas era de Barracas al Norte; cargando el instrumento envuelto en un paño negro –como un atado de armonías- se dirigía a Barracas al Sur –que es hoy Avellaneda- donde las reuniones de casas de comida y diversión nocturna esperaban como regalo su música querendona.

Juan Maglio dejaría su nombre y apellido en la trastienda de la fama para que ella luciera en su apodo de "Pacho". Desde el barrio de Palermo iría a conquistar los de Barracas, Boedo y Maldonado. Muchos años correrían y también trasladando a la celebridad un apodo familiar, Anibal Troilo –"Pichuco" para todos- haría el recorrido de Palermo a las adyacencias del Mercado de Abasto, de pantalones cortos, alargados luego de un triunfal trayecto pródigo de triunfos ante auditorios enfervorizados por su tango "para escuchar"...y para bailar. El más afortunado símil para calificarlo, ha sido decir que Anibal Troilo toca el bandoneón de "afuera para adentro".

troilo y el bandoneón
Aníbal Troilo y el Bandoneón

Del barrio de San Cristobal, a inmediaciones del desaparecido Arsenal de Guerra, surgió el renombre de bandoneonista de Vicente Greco. Cuando al frente de su orquesta típica (rubro que le reconoce a Greco paternidad repentista) colmaba en noches rumorosas de aplausos el café El Estribo, de la calle Entre Ríos entre Chile e Independencia, la comisaría seccional debía distribuir vigilantes para encauzar el orden de ingreso al local de tantos entusiastas parroquianos.

Las noches de San Telmo también se merecieron, alguna vez, en los tangos del bandoneón de Arolas, tocados en el café de la esquina de Piedras y Cochabamba. Los ojos y los oídos de un magro muchacho quinceañero de la vecindad seguían en éxtasis el vaivén de las manos de su ídolo y el advenimiento de acordes que de ellas brotaban. El jovencito era Anselmo Aieta. Su maestro inmediato sería Genaro Spósito. Tomó alas Aieta, salió de San Telmo y supo de halagadoras aprobaciones en puntos neurálgicos del "centro" atrayendo muchedumbres que desbordaban a la calzada ante el café Nacional llamado "la catedral del tango". Todavía en labios de la gente vieja de San Telmo se evoca el elocuente "fraseo" del fuelle de Anselmo y se renueva la frase de traslucido orgullo: "Ninguno como Aieta, que con su bandoneón paraba el tráfico de la calle Corrientes".

Otro gran fraseador del bandoneón fue Ciriaco Ortíz, nombrado siempre en diminutivo por la llaneza amistosa de colegas y admiradores. Ciriaquito trasmitía al instrumento su chispa traviesa de cordobés, tan coloquial en una ocurrencia burlona como en su ritmo de cuatro por ocho.

Antes de tomar la batuta en su mano para imprimir singular eufonía a su conjunto tanguista, Osvaldo Fresedo unió el ejecutante bandoneón al deportista, alternando la sobria digitación en la botonadura sonora con las arriesgadas competencias de motociclismo, automovilismo y aviación. Había arribado a las orquestas de dancing rumbosos –y llegó a ser dueño de algunos- desde su tranquilo barrio del noroeste ciudadano. Casi un niño aún, subió con su instrumento al escenario del Teatro Nacional Norte (hoy, Gran Splendid), en 1913 y junto a la primera ovación ganó el mote cordial y trascendente que definía su procedencia: "El pibe de La Paternal".

Paquita Bernardo, dulce muchacha de Villa Crespo, muerta en edad primaveral, fue en los palco de orquesta de los cafés centricos o en el escenario de comedias de la compañía de Blanca Podestá en el teatro Smart (que ahora lleva el nombre de la actríz), la primera y única bandoneonista femenina de Buenos Aires. Paquita traía amasado en sus brazos un instrumento casi simbólico de su barrio abundante en historias turbias de guapos y malevos. El encanto de la sonrisa y la ternura de las manos de la intérprete borraban las imágenes temerarias cuando lo acynaba en su falda.

Dos técnicas de ejecución y concertación

Hasta el fin de la segunda década, media centuria de afincamiento fue desentrañando del instrumento neumático condiciones líricas no sospechadas quizá en la cuna de su invención, y afines con la hondura temperamental de nuestro tango. Lo muy silvestre del soldado Santa Cruz va decantandose en los dedos ágiles de primitivos ejecutantes mentados: el ciego Ruperto, Pedro Avila y dos hombres de la inmigración sajona aquerenciada: el inglés Tomas Moore y el alemán Arturo Bernstein. Augusto Berto lo llevará a la Avenida de Mayo; con Minoto Di Cicco – que actúa con la orquesta de Francisco Canaro- entrará en salones de la sociedad porteña (y la pericia mecánica de Minotto le aplicará un día de enchufes, cables y volumen electrónico); en manos de Manuel Pizarro y "Bachicha" Deabroggio conquistaría a París como primer paso de la conquista de Europa, de occidente a oriente.

En este otro medio siglo, dos escuelas perfeccionadas del bandoneón se contemplan celosas de su respectiva fuerza anímica. Dos técnicas de ejecución solista y concertación con las cuerdas, mantienen en alto el nombre del tango argentino, pese a muchos y abolidos vaticinios sombríos. Del otro lado del tiempo, en los años veinte, están vivos y presentes –merced a las grabaciones fonográficas- el canto, el contracanto y la gama de variaciones de la pareja que formaban Maffia y Laurénz, vistiendo con largueza de armonización los elementales pentagrámas en clave de sol que la orquesta recibía en sus atriles. De este lado del tiempo, con protuberante y polemista actualidad, Astor Piazzolla, el pié derecho sobre una silla y el bandoneón inquieto equilibrado al ras de la doblada rodilla, requirente e insatisfecho manipulador de sonancias y disonancias, esta evadiéndose a cada momento del tango tradicional en atrevidos ismos de "lo que vendrá" y está volviendo al tango verdadero en cualquier momento, como se vuelve al primer amor...y acaso el único.

Haber apelado a nombres propios en esta nota, ha tenido el solo objeto de sintetizar en hitos y puntos de referencia. El pensamiento del lector, recordando otros nombres, vale por una entera salvedad. Anibal Troilo, al recibir un emotivo homenaje popular años atrás en el teatro General San Martín, dijo con espontanea franqueza: "Yo no soy importante. Lo que es importante es el tango".

Por nuestra parte, tomando la personería del tango agradecido a tan generoso aparcero musical, digamos que aquí lo importante es el bandoneón acriollado hace cien años en un fogón de campamento, tocando vidalitas y estílos, mientras en la rueda atenta el mate pasaba de mano en mano.

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